Era un día común, normal, rutinario. Cecilia se levantó de
la cama, de nuevo tarde. Las piernas le dolían, pensó rápidamente que era a
causa del ejercicio de ayer.
Se despegó de la cama. Fue al baño, tomó una ducha con agua
fría, porque había olvidado lo bien que se sentía el agua caliente. Meditó
sobre los quehaceres que debía realizar ese día. Dentro de esa lista, buscó
algo que saliera de la rutina: checar la entrada, desayunar con los compañeros,
transcribir documentos, hacer llamadas telefónicas, saludar y despedirse protocolariamente.
No había nada extraordinario. Se desilusionó, pero sólo un poco. Después de
todo, pensó, la rutina era inalterable.
Salió del baño. Se untó el contenido de una botella rosada
en forma de huevo de avestruz. Tan pronto como se difuminó la crema costosa, se
acarició el pelo y fue directamente a abrir el gran clóset, regalo de su padre
cuando cumplió 15 años. Para Cecilia cumplir 15 años no significaba fiestas
ridículas, viajes caros o ser besada por adolescentes. Cecilia quería un closet, uno donde alguna
vez pudiese presumir con gallardía.
Al abrir el mueble,
advirtió un sonido raro, que venía del cajón de los calcetines, a un lado de
las blusas, abajo de los vestidos. Se horrorizó y, al mismo tiempo, se molestó
porque no podía detenerse a investigar el origen de aquel sonido. Eran 10:20 y
ella debía estar en exactos diez minutos en su trabajo. Su molestia aumentó. Se
puso un pantalón, camisa blanca y sandalias. Se molestó de nuevo, porque era
diciembre y ella calzaba sandalias.
Corrió, bajo las escaleras sin precaución, abordó un taxi, checó
la entrada a las 10:35, llego tarde. Su jornada laboral comenzó rápidamente.
Saludos protocolarios, llamadas telefónicas, visitas para sus jefes,
investigaciones en internet, lectura de los diarios, reuniones, almuerzo,
comida, más trabajo y la cena. Con todo ello, no había recordado el
desagradable incidente de la mañana que la obligó a portar sandalias en vez de
una botas de tacón.
Cuando llegó la noche, todos comenzaron a despedirse. Se
escucharon los motores de los autos, las personas bajando escaleras y Cecilia
seguía atendiendo un último pendiente, una llamada de Durango para su jefe.
Colgó velozmente. Subió al elevador, se despidió de todos, Tomó el taxi de
regreso. Llegó a casa y cruzando la puerta recordó el tema del closet.
Retrocedió, rezó, suplicó; se arrepintió de pedir un día anormal.
No hay comentarios:
Publicar un comentario