domingo, 24 de marzo de 2013

Conclusión

 
¿Por qué? ¿Cuál es el propósito o significado? ¿Realmente estaba pasando?

Las preguntas inundaban mi cabeza. Lo que veía era imposible de creer.

Yo estaba muerto de miedo, mis manos temblaban, respiraba con dificultad y podía sentir el fuerte latir de mi sangre.

Ella se elevó unos tres metros, permanecía con los ojos cerrados. La alegría se reflejaba en su rostro. Lo que acababa de suceder  la llenaba de felicidad y placer. Permaneció inmóvil durante uno o dos minutos. Fue en ese momento cuando traté de hablarle, pero no pude articular una sola palabra.

La lluvia hizo su aparición de forma intempestiva, los rayos empezaron a iluminar la escena, el ruido de los truenos era insignificante en comparación con el sonido acelerado de mi corazón.       Desde su posición, por fin abrió los ojos, miraba fijamente el cielo y empezó a hablar. No sé qué dijo, no pude distinguir ninguna palabra. La lluvia, los latidos de mi corazón y los truenos me imposibilitaban la audición.

Cecilia bajó suavemente la vista hasta donde yo estaba. Muerto de miedo dije su nombre. No hubo respuesta.

Sus ojos comenzaron a cambiar del color miel, a un blanco profundo. Su cabello también sufrió transformación, pero no podría explicarlo. Era multicolor, similar a un arcoíris, transparente y con destellos lumínicos de diferentes tonalidades. Su piel, de por sí blanca, empezó a palidecer rápidamente al punto de la transparencia. La tormenta parecía no ocurrir para ella. Las gotas no mojaban su ropa ni su piel, como si nada pudiera tocar su ser etéreo.

La escena tan distante de la realidad me hizo creer que estaba a punto de la locura. No entendía nada. No sabía cómo actuar y el pánico me estaba matando.

—Me encantaría volar —exclamó como si nada. Como si no estuviera pasando, estaba "ida", tan despegada de su realidad. ¿Acaso era yo el que estaba fuera de la realidad? después de todo, yo era el único que veía la escena surrealista. Me sentía a punto del desmayo cuando por fin aconteció lo inevitable.
La lluvia hacía imposible mantener la vista hacia donde ella estaba, en un pestañeo, ella desapareció.

lunes, 18 de marzo de 2013

Dia nublado


Era un día nublado, sin un atisbo de luz. El frio era intenso y el cielo amenazaba con sus nubes grises y estruendosas. Para la gran mayoría de las personas, sería un día pésimo y desagradable para salir, yo, por otro lado soy un amante de los días nublados, de la lluvia y el olor a tierra mojada que se impregna en el ambiente. Lo curioso es que ese día en particular, forme parte de la inmensa mayoría, como si presintiera lo que iba a ocurrir.
  —No me gustaría que salieras. ¿No puedes pedir un día de incapacidad? —Le pregunte a Cecilia.
 —No amor. No me digas que ahora si crees en esas cosas. ¿No recuerdas lo que habíamos comentado antes? a alguien se le ocurrió decir esa tontería, otro más le siguió la corriente y ahora está de moda, pero no te preocupes. No te dejaré nunca.
 —Pero, es qué... lo que paso con Daniela, el qué sea un caso tan cercano si me saca de onda. Mi amor, no vayas a trabajar, solo por hoy quédate aquí conmigo, yo ya pedí el día libre.
 —No inventes, ya ves cómo era Daniela, yo que tu hermano, no me preocupaba. Seguro se la aplicó bien bonito, y ahí vas tú también ¿Y si me quedo que vamos a hacer?
 —No sé, ver una película o algo así...— No tuve una buena razón para defender mi punto. Solo tenía miedo y un presentimiento que no me dejo dormir la noche anterior.
El debate se vio interrumpido por una llamada al celular de Ceci. Fue a la sala a contestar.
—Era de la oficina, me acaba de regañar mi jefe, ¿ya ves? voy media hora atrasada y hay un asunto urgente. Me voy.
Esta vez no me espero, para acompañarla hasta su trabajo, como lo hacemos regularmente. Como toda mujer, ella se enojaría aún más si no hacia el esfuerzo por alcanzarla. Me puse el primer pantalón que encontré y salí corriendo.
La encontré en el patio de la unidad. Estaba inmóvil, y con la mirada perdida,  le hable y no hubo respuesta. En su rostro no había expresión alguna. No sé cuánto tiempo duró así, pues a mí me pareció eterno.
—Mi amor me duele la cabeza... —al fin respondió. Tenía los ojos cerrados y mantenía un gesto de dolor que fue cambiando gradualmente a una sonrisa. Sus pies se despegaron del suelo, la agarré de un brazo pero no pude asirla al suelo.

domingo, 10 de marzo de 2013

Tere


Cuando me di cuenta que su muerte no significaba gran cosa para las personas, me dio rabia, tristeza y desesperación. Quisiera que, al menos, supieran que existió y todo lo que hizo por nuestra familia.

Hace dos semana mi mamá me visitó y me regaló unas fotografías que nunca había visto de ella.

—Paco encontró estas fotos y lo primero que pensamos fue en ti —dijo mi madre.

—¿Por qué? —le pregunté extrañado.

—Porque en esta foto —mi madre señaló una de las diez que sostenía—. Aparece ella con su guitarra y en esta otra, con su cámara fotográfica. Es curioso que tú hallas heredado sus aficiones.

—¡Yo nunca la vi con la guitarra! —Me sorprendió verla así. Mi alegría fue en aumento.

La fotografía tenía un color sepia, estaba maltratada, rota de los bordes, le hacían falta algunos fragmentos y con manchas cafés por todos lados. En cuanto al aspecto técnico: tenía un mal encuadre, estaba desenfocada y, para mi gusto, le faltó más tiempo de obturación. Sin embargo, en ese momento, para mí era la fotografía más hermosa que había visto.

Es difícil aceptar su partida. La recuerdo todos los días, mañanas y noches. Hace un año cuando estuve trabajando de maestro e impartí la materia de diseño en el CONAMAT, recuerdo el orgullo con el que le contaba a sus amigas que su nieto ya era maestro, o cuando empecé en la fotografía, ella fue la única que me apoyó y creyó en mí.

Un día, sin que me lo esperase, me regaló una Kodak brownie con la que ella solía tomar fotografías.

Hace más de 8 meses que se fue, no sin antes sufrir los estragos del cáncer y de una caída que le fracturó la cadera. ¿Por qué las cosas malas le pasan a gente buena? Me pregunté y, hasta el día de hoy, lo sigo haciendo.

¿Cómo lograr que las personas sepan de ella? ¿Qué tengo que hacer para que su recuerdo no quedé atrapado en la memoria de conocidos y familiares?

Considero que el primer paso es escribir sobre ella en este espacio. Que al menos ustedes sepan que existió una mujer llamada María Teresa Nava Alcalá. Ella no tuvo familia propia, pero nos adoptó y nos unió. Se esforzó para que mis hermanos salieran adelante. Pienso que lo mejor de todo fue haber tenido como abuela a una mujer valiente, honrada y alegre.

domingo, 3 de marzo de 2013

Un dia normal


Era un día común, normal, rutinario. Cecilia se levantó de la cama, de nuevo tarde. Las piernas le dolían, pensó rápidamente que era a causa del ejercicio de ayer.

Se despegó de la cama. Fue al baño, tomó una ducha con agua fría, porque había olvidado lo bien que se sentía el agua caliente. Meditó sobre los quehaceres que debía realizar ese día. Dentro de esa lista, buscó algo que saliera de la rutina: checar la entrada, desayunar con los compañeros, transcribir documentos, hacer llamadas telefónicas, saludar y despedirse protocolariamente. No había nada extraordinario. Se desilusionó, pero sólo un poco. Después de todo, pensó, la rutina era inalterable.

Salió del baño. Se untó el contenido de una botella rosada en forma de huevo de avestruz. Tan pronto como se difuminó la crema costosa, se acarició el pelo y fue directamente a abrir el gran clóset, regalo de su padre cuando cumplió 15 años. Para Cecilia cumplir 15 años no significaba fiestas ridículas, viajes caros o ser besada por adolescentes.  Cecilia quería un closet, uno donde alguna vez pudiese presumir con gallardía.

Al abrir  el mueble, advirtió un sonido raro, que venía del cajón de los calcetines, a un lado de las blusas, abajo de los vestidos. Se horrorizó y, al mismo tiempo, se molestó porque no podía detenerse a investigar el origen de aquel sonido. Eran 10:20 y ella debía estar en exactos diez minutos en su trabajo. Su molestia aumentó. Se puso un pantalón, camisa blanca y sandalias. Se molestó de nuevo, porque era diciembre y ella calzaba sandalias.

Corrió, bajo las escaleras sin precaución, abordó un taxi, checó la entrada a las 10:35, llego tarde. Su jornada laboral comenzó rápidamente. Saludos protocolarios, llamadas telefónicas, visitas para sus jefes, investigaciones en internet, lectura de los diarios, reuniones, almuerzo, comida, más trabajo y la cena. Con todo ello, no había recordado el desagradable incidente de la mañana que la obligó a portar sandalias en vez de una botas de tacón.

Cuando llegó la noche, todos comenzaron a despedirse. Se escucharon los motores de los autos, las personas bajando escaleras y Cecilia seguía atendiendo un último pendiente, una llamada de Durango para su jefe. Colgó velozmente. Subió al elevador, se despidió de todos, Tomó el taxi de regreso. Llegó a casa y cruzando la puerta recordó el tema del closet. Retrocedió, rezó, suplicó; se arrepintió de pedir un día anormal.