lunes, 18 de marzo de 2013

Dia nublado


Era un día nublado, sin un atisbo de luz. El frio era intenso y el cielo amenazaba con sus nubes grises y estruendosas. Para la gran mayoría de las personas, sería un día pésimo y desagradable para salir, yo, por otro lado soy un amante de los días nublados, de la lluvia y el olor a tierra mojada que se impregna en el ambiente. Lo curioso es que ese día en particular, forme parte de la inmensa mayoría, como si presintiera lo que iba a ocurrir.
  —No me gustaría que salieras. ¿No puedes pedir un día de incapacidad? —Le pregunte a Cecilia.
 —No amor. No me digas que ahora si crees en esas cosas. ¿No recuerdas lo que habíamos comentado antes? a alguien se le ocurrió decir esa tontería, otro más le siguió la corriente y ahora está de moda, pero no te preocupes. No te dejaré nunca.
 —Pero, es qué... lo que paso con Daniela, el qué sea un caso tan cercano si me saca de onda. Mi amor, no vayas a trabajar, solo por hoy quédate aquí conmigo, yo ya pedí el día libre.
 —No inventes, ya ves cómo era Daniela, yo que tu hermano, no me preocupaba. Seguro se la aplicó bien bonito, y ahí vas tú también ¿Y si me quedo que vamos a hacer?
 —No sé, ver una película o algo así...— No tuve una buena razón para defender mi punto. Solo tenía miedo y un presentimiento que no me dejo dormir la noche anterior.
El debate se vio interrumpido por una llamada al celular de Ceci. Fue a la sala a contestar.
—Era de la oficina, me acaba de regañar mi jefe, ¿ya ves? voy media hora atrasada y hay un asunto urgente. Me voy.
Esta vez no me espero, para acompañarla hasta su trabajo, como lo hacemos regularmente. Como toda mujer, ella se enojaría aún más si no hacia el esfuerzo por alcanzarla. Me puse el primer pantalón que encontré y salí corriendo.
La encontré en el patio de la unidad. Estaba inmóvil, y con la mirada perdida,  le hable y no hubo respuesta. En su rostro no había expresión alguna. No sé cuánto tiempo duró así, pues a mí me pareció eterno.
—Mi amor me duele la cabeza... —al fin respondió. Tenía los ojos cerrados y mantenía un gesto de dolor que fue cambiando gradualmente a una sonrisa. Sus pies se despegaron del suelo, la agarré de un brazo pero no pude asirla al suelo.

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