Cuando me di cuenta que su muerte no significaba gran cosa
para las personas, me dio rabia, tristeza y desesperación. Quisiera que, al
menos, supieran que existió y todo lo que hizo por nuestra familia.
Hace dos semana mi mamá me visitó y me regaló unas fotografías
que nunca había visto de ella.
—Paco encontró
estas fotos y lo primero que pensamos fue en ti —dijo
mi madre.
—¿Por qué? —le pregunté extrañado.
—Porque
en esta foto —mi
madre señaló una de las diez que sostenía—.
Aparece ella con su guitarra y en esta otra, con su cámara fotográfica. Es
curioso que tú hallas heredado sus aficiones.
—¡Yo
nunca la vi con la guitarra! —Me
sorprendió verla así. Mi alegría fue en aumento.
La fotografía tenía un color sepia, estaba maltratada, rota
de los bordes, le hacían falta algunos fragmentos y con manchas cafés por todos
lados. En cuanto al aspecto técnico: tenía un mal encuadre, estaba desenfocada
y, para mi gusto, le faltó más tiempo de obturación. Sin embargo, en ese
momento, para mí era la fotografía más hermosa que había visto.
Es difícil aceptar su partida. La recuerdo todos los días, mañanas
y noches. Hace un año cuando estuve trabajando de maestro e impartí la materia
de diseño en el CONAMAT, recuerdo el orgullo con el que le contaba a sus amigas
que su nieto ya era maestro, o cuando empecé en la fotografía, ella fue la
única que me apoyó y creyó en mí.
Un día, sin que me lo esperase, me regaló una Kodak brownie con la que ella solía
tomar fotografías.
Hace más de 8 meses que se fue, no sin antes sufrir los
estragos del cáncer y de una caída que le fracturó la cadera. ¿Por qué las
cosas malas le pasan a gente buena? Me pregunté y, hasta el día de hoy, lo sigo
haciendo.
¿Cómo lograr que las personas sepan de ella? ¿Qué tengo que
hacer para que su recuerdo no quedé atrapado en la memoria de conocidos y
familiares?
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