La
tarde de ese día era excesivamente calurosa, no parecía invierno. El cielo
completamente despejado dejaba caer de manera intensa los rayos de sol que
quemaban la piel con sólo exponerla unos segundos. En el parque, las aves se
reunían en torno al lago.
La
lente de mi cámara reflejaba a Cecilia que llevaba puesto ese vestido rojo encantador. Retrocedí buscando un encuadre, tropecé con una piedra. Al caer, mi
primer reacción fue proteger la cámara, logré hacerlo pero no sin pagar el
precio con un golpe, justo en el nervio del codo. El dolor fue agudo y me quedé
tendido en el piso al menos durante un minuto. Cuando por fin logré
incorporarme. Me di cuenta que Cecilia ni se había inmutado.
—¿Sigues pensando en eso? —le pregunté.
—Sí... no, bueno un poco, es que imagina: si fuera
cierto ¿qué significaría? No estoy diciendo que creo en esas tonterías, pero
me puse a pensar y creo que me encantaría volar— Exhaló un suspiro.
—Sería maravilloso. También me gustaría, pero es más bien
como flotar, ¿no?, porque no es lo mismo flotar que volar o ¿sí?
—Para mí es indiferente: despegar los pies del piso,
desafiar la gravedad.
—Pero pues también se flota en el agua. Yo creo que
lo más correcto sería decir levitar.
Cecilia
me vio de reojo con un aire de desprecio; volvió su mirada hacia la parvada de
palomas que, en ese momento, emprendieron el vuelo por culpa de un perro curioso.
Decidimos
regresar al departamento,ya que el calor era insoportable.
Al
llegar a casa, Ángel nos esperaba, se notaba decepcionado. No le pregunté nada, sólo lo invité a pasar.
Habían
pasado ya dos horas y mi hermano no había dicho palabra alguna. Me obligo a
disparar esa pregunta.
—¿Qué pasó con Daniela?
—Pues nada, no llegó.
—¿En serio?
—Sí. La esperé media hora y no llegaba, entonces le hablé
y no me contestó. Fueron como 20 llamadas. Creo que ya no quiso saber nada de
mí. Fue lo mejor.
—Pues que mala onda. Ni hablar.
Nos
interrumpió el sonido repetitivo del celular de Ángel.
—Bueno, bueno.
—¿Qué pasó? ¿quién era?
—Era del cel de Daniela, pero no me contestó. Se oía
mucha interferencia.
El
celular sonó de nuevo.
—Bueno ¿quién es?... Hola Fanny, ¿cómo estás?
Ángel
tapó la bocina:
— Es Fanny, una amiga de Daniela —siguió con
la conversación.
—Cálmate Fanny, más despacio...¿qué dices? ¡No lo puedo
creer!
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